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EDICIÓN Nº95: Crisis

Aunque resulte reiterativo, parece imprescindible destacar las diferencias importantes que, al menos desde lo puramente económico, caracterizan la actual situación, de la vivida por la Argentina, en el período 2001-2002.

Esas diferencias se observan, básicamente, en los márgenes de maniobra que hoy presenta la política económica y que permiten augurar un desenlace diferente al dramático vivido en ese entonces.

En primer lugar, el contexto de endeudamiento, en especial el perfil de vencimientos y el peso de los intereses a pagar en el presupuesto, sumado al déficit fiscal primario, limitaban, en ese momento, la posibilidad de una política fiscal menos contractiva. Hoy, si bien el endeudamiento sigue siendo elevado, el perfil de deuda y los intereses a pagar tienen un peso relativamente menor. Por otra parte, si bien disminuido notablemente, el superávit fiscal y los ahorros implícitos, acumulados en diversos fondos públicos, permiten un marco de gasto fiscal menos contractivo, en especial en obra pública.

A su vez, las abultadas reservas del Banco Central y un superávit comercial modesto, permiten un ajuste controlado del tipo de cambio a la nueva situación internacional, sin las limitaciones que generaba la convertibilidad por un lado, y la dolarización de los pasivos del sistema financiero, por el otro. Dicho en otras palabras, hoy se puede devaluar suavemente el tipo de cambio, sin que ello implique una catástrofe financiera para los deudores del sistema financiero, ni para los bancos en sí mismos que tienen depósitos (pasivos) mayoritariamente en moneda local. De manera que, tanto desde los aspectos fiscales y de deuda, como los cambiarios, la política económica puede hacer hoy cosas que, en el 2001-2002, no se podían hacer, sin generar consecuencias traumáticas como, de hecho, se vivieron.

Sin embargo, surgen dos limitaciones importantes sobre la posibilidad de compensar la caída del nivel de actividad que deben mencionarse, una interna y otra externa. La interna, se vincula con la política monetaria y las expectativas negativas originadas en el conflictivo 2008. Tanto la pelea con el campo, como el fin del régimen de capitalización del sistema previsional, dieron lugar a un aumento importante de la demanda de dólares y, obvia y simultáneamente, a un menor crecimiento de la demanda de pesos. En ese contexto, la política monetaria del Banco Central (oferta de dinero), no puede ser todo lo expansiva que se requiere para incentivar un mayor nivel de actividad y empleo internos. Aquí surge, claramente, un límite muy similar –aunque en otro esquema conceptual- al vivido hacia finales del 2001 y principios del 2002, en dónde la expansión monetaria se destinó a alimentar la demanda de dólares. La segunda limitación viene del mundo. La crisis global ha frenado la demanda regional de productos industriales y ha afectado los precios de exportación, tanto de los productos industriales como de los agropecuarios de exportación –estos últimos, además, influidos por la negativa política oficial y la grave situación climática-. En este contexto, no es posible esperar que la recuperación, como en el 2002, venga desde la demanda internacional, en especial de commodities agrícolas e industriales, rápidamente.

En síntesis, la situación interna es mucho menos grave que la vivida hacia finales del siglo pasado y hay ciertos márgenes de maniobra en la política fiscal y cambiaria para contrarrestar el cambio del ciclo económico. Por el contrario, la situación externa es mucho más complicada y difícil que en aquélla oportunidad, de manera que no puede esperarse que la demanda global traccione la actividad local.

Con este panorama, la combinación de un adentro menos grave y un afuera complicado hace que se espere una caída más moderada de la actividad y el empleo de la vivida en el 2001-2002, en dónde se percibía un mundo menos complicado, pero una crisis interna inmanejable.


 
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